Capítulo III: La Entrada (parte 1)
Alejandro se arqueó hacia atrás apenas sintió el metal atravesar su piel, de alguna manera lo supo de inmediato, supo que la vida se le había hecho corta, supo que tuvo el tiempo necesario para decir muchas cosas, pero que estúpidamente no las dijo. Quizá cometiendo un error aprovechó sus últimos segundos en maldecir la inercia, la inercia que lo obligaba a permanecer leyendo acostado en su cama y que jamás le permitió levantarse a cambiar el mundo que él sabía estaba en peligro. En lo último que pensó fue en Javiera…
El cuarto estaba impregnado en un fuertísimo olor a café, el reloj de mesa además de marcar las cuatro de la madrugada se mostraba imponente en el escritorio repleto de libros y cuadernos, el inexpugnable reloj era el único guardián del sueño de Alejandro. Cuando marcaban las cuatro con quince minutos el joven que dormía apoyado en el escritorio despertó alterado, con un salto que casi lo bota de la silla. Despertó desconcertado y al mismo tiempo asustado. La taza de café que se había preparado antes de disponerse a estudiar estaba llena todavía, los cuadernos estaban dispersos por el escritorio y la cama, por lo que dedujo que había estado estudiado. Se puso de pies para ir al baño, abrió la puerta de la habitación y un frío horrible entró, eso le recordó todo. Recordó su asesinato, recordó el puñal, lo recordó pero no lo entendió, pues todo era muy confuso, al mismo tiempo tenía la impresión de haber estado estudiando hasta caer dormido. Entró al baño con la sensación de que algo andaba mal, pero se reprochó a si mismo por tantas vacilaciones, no cabía duda de que todo había sido un sueño. El mundo especulaba mientras Alejandro se miraba al espejo concentrado, tratando de ubicarse en la realidad, intentando dejar de lado el temor que de a poco y de manera inevitable se apoderaba de él. Pasaron veinte minutos y todavía miraba el espejo, analizaba sus líneas sin saber por qué. Todo parecía una película del pasado, con puntos blancos interrumpiendo la imagen, y por más que Alejandro se esforzaba en creer lo contrario, todo indicaba que algo andaba mal. Pensó que necesitaba urgentemente comunicarse con alguien. Javiera no era la más indicada, seguramente estaba cansada y apenada por lo que no era correcto molestarla. Bajó las escaleras lentamente, entró a la habitación de sus padres para terminar de una vez por todas con la confusión, pero para su sorpresa y temor, nadie estaba en la cama. Olvidando toda consideración corrió al teléfono y marcó el número de Javiera. Nadie contestó. Sin saber que hacer tomó su abrigo de la silla y decidió salir de la casa, era urgente el contacto con otro ser humano. “Siempre hay alguien en los servicentros” pensaba Alejandro mientras corría en dirección al más cercano, y fue esto lo que le hizo ignorar tantas evidencias. Alejandro no se percató de que los árboles que tantas tardes miró desde su ventana no estaban, no se percató de que algunas casas no tenían puertas, no se percató de que la plaza parecía más bien un pantano, y lo más importante, no se percató de que las calles estaban bañadas en sangre. Llegó cansado al servicentro y aunque ya lo sospechaba este estaba cerrado, como nunca antes lo había estado. Más confundido que nunca se sentó a esperar que bajara su acelerado ritmo de respiración, pero esto nunca pasó, su corazón parecía querer romperle el pecho y salir corriendo. Sin embargo el sentarse le sirvió para darse cuenta de donde estaba, miró a su alrededor y el pánico se apoderó de él. Aunque no quería aceptarlo no tenía ni la más leve sospecha de qué estaba pasando. Justo en el momento en que aceptó estar en problemas, perdido en un lugar distinto, un hombre apareció caminando en la calle entre la neblina a lo lejos. Alejandro había cometido un error y tenía que pagarlo de la forma más cruda.