Viernes 9 de Julio
Cómo buen día viernes, para Matías era el momento ideal, y habitual, para una “visita”.
Cuatro años atrás era un joven normal, alegre y muy devoto, su vida radicaba en la escuela y en su casa, de vez en cuando salía con amigos para disfrutar de las bondades que le ofrecía su ameno vecindario. Pero para nadie es extraño que un joven sea curioso, y bajo esta primicia Matías no dudo en acceder al ofrecimiento de su amigo Jorge. De hecho solo lo iba a probar. Pero cuando acercó el cigarrillo a su boca y sintió cómo la marihuana se consumía supo de inmediato que esa sería una nueva actividad rutinaria. Fue así como Matías dejó de lado todo lo que lo caracterizaba como joven sano y alegre. Probablemente la historia pudo haber acabado en eso, pero siete meses después quiso dar un paso más y las inyecciones se transformaron en otra parte de la rutina. Los drogadictos no son extraños en ciudades tan grandes como Santiago, pero lo que sí era extraño era que Matías, teniéndolo todo, una familia bien constituida, buenos amigos, buen rendimiento académico y poca presión sea uno de esos. No había absolutamente nada que le obligara a entrar en trance todos los días, el único que podía entenderlo era él.
Todo comenzó aquel día, hace casi dos años, cuando por primera vez usó el peyote. Había escuchado sobre las precauciones que tenía que tomar por lo que se preocupó de estar de muy buen ánimo, pero algo salió mal. A los veinte minutos conoció lo que habría de amarrarlo en el mundo de los alucinógenos por el resto de su vida. Fue también una noche de viernes, y aprovechando que sus padres pasarían el fin de semana en casa unos amigos, cuando se reunió con Jorge, ambos con la intención de “iniciar un buen viaje”. Rápidamente sintió como su rostro se inflaba y explotaba sumergido en un mundo de sin razones, repleto de un rojo penetrante que se fundía con sus propios ojos, se elevó a lo más alto, a la cima de las sensaciones, fue en esta condición que la ciudad lo sorprendió. Matías se levantó agobiado, miraba asombrado como las paredes de su cuarto se transformaban en horribles rejas oxidadas, al igual que el piso. Su mente hacía enfoques extraños a Jorge que de pronto se había transformado en una bestia, sus brazos estaban adosados al torso envueltos en piel, su cabeza había perdido el pelo, los ojos, la boca y la nariz. A pesar de esto parecía tratar de comunicar algo. Intentaba moverse hacia Matías, pero él lo único que deseaba era alejarse, y cuando trató de evadirlo notó con espanto cómo sus piernas estaban atrapadas por extraños seres que sacaban sus brazos por entre las rejas del piso e impedían con fuerza cualquier movimiento. Luchó sin éxito por zafarse, pero aterrado sintió el calor de la bestia que se acercaba a su cabeza, específicamente a su oreja derecha. Paralizado escuchó claramente la palabra “mátame”. En ese momento los brazos que afirmaban de él lo soltaron y la bestia corrió en dirección contraria. Matías sin pensarlo dos veces e inundado por un odio ajeno, un odio insensible, tomó la pesada lámpara que tenía en su velador, era el arma perfecta. Corrió hacia la bestia y sin piedad, olvidando que alguna vez estuvo Jorge con él, la golpeó repetidamente haciendo caso omiso a los grito de esta, la golpeó más de veinte veces aún cuando la bestia ya yacía inmóvil en el piso. Una vez que se percató de la supuesta muerte del extraño ser, con una calma que contrastaba con la crudeza de lo sucedido, volvió a su cama, por su cabeza pasaban miles de ideas que no tenían ninguna relación, y fue así, divagando, como Matías pasó las siguientes trece horas.
A las cuatro de la tarde del día siguiente todo había acabado. Matías despertó hambriento por lo que fue directo a la cocina. Fue ahí donde se dio cuenta de que no estaba Jorge. Supuso que estaría en su casa, pensó que se había levantado temprano para llegar a su casa antes del almuerzo. Nunca volvió a ver a Jorge. Esa misma noche llegaron los padres de su amigo, notoriamente desesperados preguntando por su hijo. El rostro de la señora María Luisa, madre de Jorge, lo decía todo.
-Salió ayer a eso de las siete y no hemos visto desde entonces, pensamos que podría estar acá- Ellos siempre habían tenido una buena relación con Matías, no sospechaban de nada- ¿Lo has visto por acá?
Matías sintió miedo, imaginó a sus padres enterándose de todo, no podría soportar tener que mirarlos a los ojos y admitir que lo más probable era que drogado Jorge se hubiese perdido. Eran muchos los casos que tenía que analizar en menos de un segundo después de aquella pregunta. Todos esos años de drogas habían transformado radicalmente lo habían transformado radicalmente, ahora era un muchacho mentiroso y por sobre todo, muy miedoso.
- No, la última vez que lo vi fue el miércoles, la verdad es que no he sabido nada de el desde ese día-mintió.
-Tienes alguna idea de donde pueda estar- dijo don Carlos, el padre de Jorge, con un tono un poco más áspero.
-No tengo idea donde pueda estar ¿Lo buscaron en casa de Fernanda?- preguntó solo para despejar sospechas.
-Sí, pero nada- respondió don Carlos –Gracias de todas formas, avísanos cualquier cosa- agregó con un tono que tranquilizó a Matías.
-Lo haré, descuide- Se despidieron emotivamente, al parecer los tres sabían que de Jorge nunca más se sabría nada.
Pasaron los días y a pesar de las visitas de algunos detectives, Matías nunca cambió la historia, tanto fue así que hasta él mismo llegó a creérsela. De todas formas para él esa noche fue inolvidable, la peor de toda su vida, lo que lo tuvo bien lejos de los alucinógenos un tiempo. Muchas veces sintió pena por su amigo, pero evitaba penar en su paradero. La idea de que esa bestia tuviera alguna relación también fue ignorada, todo en cuanto a esa noche era un tema tabú, no pensaba jamás en eso. Desconocía la verdad y no quería saberla. Sea cualquiera la consideración, Jorge estaba muerto para él.
Con el pasar del tiempo el recuerdo dejó de ser tan recurrente, fue sepultado por el uso excesivo de drogas. Matías perdió todo lo que lo identificaba, dejó de ser una persona confiable y amistosa para transformarse en un hombre retraído y muy manipulador. Aunque parezca que estas características no coinciden, lograban converger en él, no fueron pocas las veces que convencía a sus padres para conseguir dinero, ni tampoco las veces que usaba el pretexto de una supuesta depresión para justificar su baja académica. Uno de esos días, y enterrado en un vicio asqueroso, se atrevió a tomar peyote nuevamente. Programó todo para que el “viaje” fuera exitoso, tal y cómo lo hizo la primera vez, con la diferencia de ahora lo haría solo. Se sentó en la cama, pensó en su feliz niñez y tragó sin pensar en el sabor. Como era de suponerse no pudo evitar recordar a su amigo, lo que le sentirse miserable, empapado en esa mentira que jamás lo abandonaría. Errando en el pensar sintió la ciudad derrumbarse, reviviendo esa maldita sensación. Las paredes se cayeron dando lugar a las rejas, el rojo se apoderó del ambiente y el aire se volvió mucho más denso, la escena se repetía. Esta vez estaba sólo y decidió dar un paso más allá. Asustado salió de la casa (lo que le tomó casi una hora por lo desconcertado que estaba) y aterrado vio el cambio en su vecindario. La noche estaba tan tetricamente oscura que orientarse era complicadísimo, pero sin duda, y por muy extraño que fuera, algunas casas no estaban donde deberían. Si alguien hubiese estado ahí por primera vez no lo habría relacionado con el vecindario original. Entre horrorizado y sorprendido vio cómo lo que parecía sangre bañaba el lugar. Intentó convencerse de que no era real, pero las evidencias estaban a la vista, se apenó al pensar que Jorge podría estar atrapado en tan horrendo sitio. Tenía claro que la única forma de aproximarse a este lugar era a través de las drogas. Ese día juró enmendar su error.
Indiferente como siempre pasó el tiempo, un año después, día viernes nueve de Julio, Matías se disponía a su visita numero veintitrés. De vez en cuando Matías entraba a lo que el denominaba “el lado B”, esa ciudad horrible que según él se escondía, esa ciudad que tenía como única llave la droga. Desde que entró por segunda vez no podía parar, era cómo un vicio. Había visitas muy provechosas, cuando recorría largas distancias soportando el agobio de la ciudad, pero había otras en las que difícilmente avanzaba. Cada vez que lo hacía pensaba encontrar de una vez por todas a Jorge, todas veces sin éxito. Lo más extraño era que esta ciudad parecía ser paralela a la realidad, pues cada vez que Matías volvía a la ciudad, lo hacia al mismo lugar donde la había abandonado la última vez (de forma involuntaria como siempre). De todas formas estaba contento, ya que últimamente los periodos “adentro” se hacían más extensos. En un principio duraba menos de una hora, para terminar durando más de cinco la semana pasada. Sus padre no notaban nada, solo lo veían acostarse el viernes despertar tarde en sábado, nada fuera de lo común. Aunque Matías nunca encontró alguna relación entre la cantidad de peyote y el tiempo adentro, para ese día se consiguió una dosis muy alta. Cerró los ojos, la ingirió, y al abrirlos ya estaba adentro. Caminó en dirección sur como lo venía haciendo hace dos sesiones con la intención de rodear su casa, de la cual ya estaba muy lejos. Avanzó casi dos cuadras por la avenida Vicuña Mackenna y vio a unos metros el servicentro, al que concurría en algunas ocasiones cuando venía de vuelta de la universidad. Para él la sangre ya era algo común, las rejas ya no eran extrañas y la oscuridad le era hasta familiar. Pero lo que definitivamente no era familiar era la figura de un hombre sentado cerca del servicentro. Decidió tomárselo con calma y se acercó lentamente mientras su respiración se aceleraba.