Capítulo I: Simplemente Pasó (parte uno)
La ciudad estaba absolutamente ausente. No era la primera vez que Alejandro se daba cuenta de eso. La urbe estaba quieta mientras todos se paseaban por ella. Para todo aquel que se sentara no podía pasar desapercibido el humo que emanaba del mundano ajetreo urbano. El mundo seguía girando movido por los mismos hombres que no imaginaban un planeta estático. Sin embargo Alejandro si lo imaginaba y no volvería a empujar el globo nunca más.
La calle estaba vacía, eran las cinco de la mañana y sólo faltaba una hora para que Francisca saliera a tomar el bus que la llevaba a la escuela. Es característico de algunas calles de Santiago esa sensación de “paréntesis”, de vez en cuando se encuentran lugares tan apacibles que parecieran apartados de la ciudad, como por ejemplo la calle Juan Gómez Millas, donde vivía Francisca. A las cinco y media sonó el despertador que fue apagado rápidamente, no era la intención despertar a todo mundo. Francisca caminó, aún con sueño, a la ducha. Por un segundo el destino pareció apiadarse de ella, por solo un segundo el universo quiso ser justo y la joven lo sintió, supo que algo pasaría y pensó darse media vuelta para seguir durmiendo, pero con tantas vueltas que daba la tierra se mareó y continuó su camino hacía el baño, en donde la esperaba una ducha caliente muy delicada. Tomó desayuno rápido para compensar el tiempo que había perdido en el baño, se sirvió dos tostadas con mermelada, pues la mantequilla le haría salir espinillas, aunque ella sabía que opacar su belleza no era posible ni siquiera con un par de esas. Como todas las mañanas, tomó el bolso y subió a despedirse de sus padres. Su padre sintió el perfume de su hija a penas esta comenzó a subir las escaleras. Francisca abrió lentamente la puerta, se acerco a la cama y besó a su padre y madre quienes medio dormidos se despidieron deseándole, como siempre, un buen día. Feliz bajó las escaleras, pero apenas abrió la puerta de su casa el frío la entumió, la falda que llevaba no ayudaba mucho.
-Estos malditos uniformes, los hombres podían andar muy felices con pantalones mientras ellas estaban condenadas a inviernos fríos-, pensaba mientras caminaba al paradero.
De pronto la temperatura bajó aún más y los pasos de Francisca retumbaron. Las sombras crecieron y los árboles se alzaron bajo la oscuridad de la penetrante noche neblineada. Todo se hizo denso, incluso el aire, lo que dificultó la respiración de la joven que caminaba solitaria por el paréntesis de la ciudad. Pero el destino quiso que no estuviera tan sola. Como un perro con ganas de olfatear un pan caído desde la mesa de su amo, un hombre se apareció entre la neblina y se acercó a Francisca quien no se dio cuenta sino hasta que este tuvo un filoso cuchillo atravesando su cuerpo por un costado. El puñal estaba más helado que la noche, sin embargo no tuvo tiempo ni para darse cuenta de eso, pues aquel puñal le arrebató la vida en un segundo, muy poco tardó ese hombre en acabar con una vida y en arruinar otras cuantas. Con mucha delicadeza el asesino sacó el puñal y como si ya hubiese comido del pan, se retiró, caminando en la misma dirección que llevaba su víctima dejando el cuerpo tirado en la acera, formando una horrible cuadro pocas veces visto en la ciudad.
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