Archivos para Febrero, 2008

Capítulo II: Todo Tiene Concecuencias

Publicado en La Historia el Febrero 9, 2008 por setebipo

Jueves 8 de Julio del 2007

Todo se hundía en la lluvia propia de la época. Este ambiente tan hostil para algunos resultaba ser muy atractivo para Alejandro. La lluvia continuaba y por lo mismo había decidido seguir estudiando en su casa, el examen de anatomía de seguro estaría fatal, era su primer año en la carrera y no tenía ni la más mínima intención de arruinarlo. Abandonó la facultad de medicina a eso de las siete y media dispuesto a disfrutar el viaje, era el momento preciso para relajarse después de un arduo día de estudio e investigación. La ciudad estaba relativamente tranquila, aún cuando era hora punta en un día lluvioso, y a pesar de todo, Alejandro se sentía ajeno. Desde muy pequeño había tenido una relación muy especial con la ciudad, se consideraba algo así como un tumor dentro de ella. Sus dos padres trabajaron toda su vida en un banco muy importante de la capital, trabajo muy absorbente que los mantenía lejos de su único hijo. Esto mismo le generó cierta animadversión contra la ciudad, siempre la miró con ojos desconfiados, con ojos de crítico, y fue esto mismo lo que lo llevó a muchas conclusiones. Para Alejandro la ciudad era una especie de monstruo capaz de aturdir y obligar a la gente a participar en un juego que se manifiesta en todas las actividades propias de esta, ese era el método que tenía esta para alejar a la gente del “camino mental”, como lo llamaba Alejandro, caminó que identifica a las personas cómo tales. Pero incluso con todas estas ideas volando por su cabeza, la policromía de Santiago no dejaba de hipnotizarlo, le llamaba la atención constantemente. Eso, según él, lo transformaba en un tumor pues nunca participaba de los procesos vitales de la ciudad pero era dependiente de ella, una relación muy extraña sin duda alguna. El viaje resultó ser tan ameno como Alejandro pensó que sería, apenas llegó a su hogar saludó a sus padres y subió a su habitación, no había tiempo que perder. Pero una vez internado en ese, su espacio íntimo, sintió algo a lo que ya se estaba acostumbrando, algo que alguna vez fue muy extraño pero ahora muy natural. Se asomó por la ventana y vio, a través de la lluvia, la ventana de Javiera, su vecina. Alejandro era un joven de diecinueve años de mediana estatura, tez blanca, pelo negro azabache y ojos café, solía ser confundido con el baterista de una conocida banda de rock. Javiera, por su parte, era una estudiante liceana de cuarto medio, que con diecisiete años tenía el pelo negro, muy bien cuidado, y unos penetrantes ojos verdes. Pero lo más lindo de Javiera, según Alejandro, era su sonrisa, pues cada vez que reía se le formaban unas margaritas que lo atraían fuertemente. Se habían conocido cuando Javiera llegó al vecindario, hace unos tres años. No obstante la mutua atracción que sentían, nunca habían sido pareja, posiblemente por la timidez de Alejandro o la extremada madurez de Javiera que intimidaba a casi todos los hombres. De todas maneras los coqueteos y miradas iban y venían. Parecía un juego, podían estar conversando durante horas insinuando constantemente algo, cualquier cosa. Tenían patentada esa clase de relación única. La lluvia y el ambiente hicieron a Alejandro sentir una atrevimiento extraño en él, por lo mismo miró por la ventana y tomó su celular para llamar a Javiera. Cinco minutos después estaba tocando el timbre de su vecina quien luego de recibirlo cariñosamente lo abrazó tratando de salvarlo del frío poco incomodo para él.

-Estás helado, te voy a buscar una brazada.

-Estoy bien así- Dijo Alejandro deteniendo a Javiera que ya partía, delatándose inmediatamente, esta lo conocía muy bien como para no darse cuenta de que estaba nervioso. Al parecer él no era el único que tenía algo que decir, claramente Javiera había estado llorando, sus ojos ahora tenían más rojo que verde.

Subieron ambos al cuarto y Alejandro preguntó inmediatamente.

-¿Estás bien? Has estado llorando y no me lo puedes negar- Ella rompió inmediatamente en llanto para la sorpresa de Alejandro.

-Hoy me he enterado de algo terrible-decía mientras apoyaba sus brazos en su falda para taparse la cara- Francisca fue asesinada hoy en la mañana.

-¿Qué?

-La encontró un furgón de la municipalidad cerca de su casa, por lo que me contaron, fue con un cuchillo que alguien la mató, pero ni siquiera le robaron.- Alejandro se sintió absolutamente desconcertado si bien nunca había hablado con la difunta joven, no podía soportar ver a Javier sufriendo.

Francisca había sido compañera de Javiera desde hace seis años en el Liceo Carmela Carvajal, no eran precisamente amigas pero sí buenas compañeras. Era muy comprensible su dolor, y Alejandro lo sabía, pues Javiera era de esas personas que forman lazos muy importantes con los demás, no solo por su buena disposición, también por su cercanía y esa sensación de confidente que inspiraba en todos.

Alejandro no sabía muy bien cómo actuar en situaciones como esas, pero atinadamente la abrazó para permanecer así durante un buen rato. “Definitivamente ese no era el día indicado” pensó Alejandro, por lo tanto, cómo se hacía tarde, decidió volver a casa y retomar sus estudios. Era un hecho que no sabía cómo actuar en situaciones como esas. Se despidió tiernamente de Javiera y partió. Cerró lentamente la puerta de su vecina, sin saber por qué.

Seguramente por lo intenso de la visita, Alejandro caminó en forma pausada, estaba oscuro y la lluvia había cesado, el aire estaba tan limpio que respirar era un completo alivio. Pero aunque el panorama era apacible, el destino tenía preparado algo especial, todos sabemos que la ciudad jamás permitiría que una persona como Alejandro osara poner en duda el constante movimiento, había que unirlo al resto y el terror parecía ser el método indicado tratándose de alguien como Alejandro. La calle estaba completamente vacía, cosa común en José Domingo Cañas a esas horas, se trataba de uno de esos paréntesis que rellenan algunos sitios. Lentamente, mientras Alejandro metía la llave en el cerrojo, algo se acercaba a él por su espalda. Se distinguía a un pequeño hombre con algo el la mano derecha.

Capítulo I: Simplemente Pasó (parte dos)

Publicado en La Historia el Febrero 7, 2008 por setebipo

Jueves 8 de Julio del 2007

Era temprano y en la mitad de la calle Juan Gómez Millas yacía tirado un hombre desnudo. Estaba dormido y no parecía tener ningún problema además del frío que lo tenía temblando, esto sumado a sus rasgos faciales felinos le hacía parecía un gato mojado. El hombre tenía piel blanca, era muy delgado y de baja estatura. Esas eran las cosas que uno podía llegar a ver por error en una ciudad tan imponente, un ciudad que no toleraba insolencias.

De pronto el hombre se remeció e histéricamente despertó poniéndose de pie, examinó como un loco todo el panorama sin poder entender que sucedía. Parecía desconcertado, estaba absolutamente confundido, sin embargo, estar desnudo en la mitad de la calle no era lo que le parecía extraño, era otra cosa la que no le calzaba. El escuálido hombre caminói casi tres cuadras sin ningún destino, le parecía estúpido quedarse parado como un tonto, a si que decidió moverse y así además entibiar el cuerpo. Mientras lo hacía observaba la luz de los focos y las sombras que formaban los árboles, hasta que descubrió algo extraño debajo de uno de estos, se acercó a examinar. Se trataba de un hoyo de casi un metros de diámetro que se hundía en la tierra, tan profundo que no se podía distinguir el fondo. Apenas vio comprendió todo, entendió de qué se trataba. Miró entonces alrededor del círculo y fue feliz al encontrar lo que buscaba. Era precisamente la clase de arma que necesitaría para lo que venía a continuación. La tomó y siguió su camino, esta vez, con un objetivo.

Como el destino a veces suele ser un desgraciado, al llegar a la esquina vio como una linda joven salía a la calle, la observó detenidamente hasta comprender que era esa la oportunidad que estaba esperando. Se acercó sigilosamente para no tener problemas, no quería hacer las cosas mal. Los pasos de la estudiante retumbaron en toda la calle, lo que lo hizo despertar de lo que parecía un sueño lúcido, la neblina no ayudaba mucho a estar atento. La joven caminó con pasos cortos al mismo tiempo que el corazón del repugnante hombre se aceleraba hasta casi salírsele del pecho. Se vio cómo una alta y hermosa joven caminaba mientras una figura pequeña y medio agachada se le aproximaba hasta estar a menos de un metro. Entonces el hombre decidido dio los dos últimos pasos y le clavó el cuchillo en la espalda, a un costado. No tuvo la intención de hacerlo con tanta fuerza, pero así fue. El cuchillo se asomo por el vientre de la joven quitándole la vida impúdicamente. El acto fue horrible, no propio de un ser humano. Nadie mata con tanta ligereza, nadie mata de forma tan deshonesta, fue sencillamente horrible. El asesino continuó su camino como quien le ha robado un helado a un niño, siguió caminando denigrando más aún la ya extinta vida de la adolescente. Y con una sensación de triunfo sonrió feliz por la oportunidad que había tenido de oxigenar la rabia de la ciudad.

Capítulo I: Simplemente Pasó (parte uno)

Publicado en La Historia el Febrero 5, 2008 por setebipo

La ciudad estaba absolutamente ausente. No era la primera vez que Alejandro se daba cuenta de eso. La urbe estaba quieta mientras todos se paseaban por ella. Para todo aquel que se sentara no podía pasar desapercibido el humo que emanaba del mundano ajetreo urbano. El mundo seguía girando movido por los mismos hombres que no imaginaban un planeta estático. Sin embargo Alejandro si lo imaginaba y no volvería a empujar el globo nunca más.

La calle estaba vacía, eran las cinco de la mañana y sólo faltaba una hora para que Francisca saliera a tomar el bus que la llevaba a la escuela. Es característico de algunas calles de Santiago esa sensación de “paréntesis”, de vez en cuando se encuentran lugares tan apacibles que parecieran apartados de la ciudad, como por ejemplo la calle Juan Gómez Millas, donde vivía Francisca. A las cinco y media sonó el despertador que fue apagado rápidamente, no era la intención despertar a todo mundo. Francisca caminó, aún con sueño, a la ducha. Por un segundo el destino pareció apiadarse de ella, por solo un segundo el universo quiso ser justo y la joven lo sintió, supo que algo pasaría y pensó darse media vuelta para seguir durmiendo, pero con tantas vueltas que daba la tierra se mareó y continuó su camino hacía el baño, en donde la esperaba una ducha caliente muy delicada. Tomó desayuno rápido para compensar el tiempo que había perdido en el baño, se sirvió dos tostadas con mermelada, pues la mantequilla le haría salir espinillas, aunque ella sabía que opacar su belleza no era posible ni siquiera con un par de esas. Como todas las mañanas, tomó el bolso y subió a despedirse de sus padres. Su padre sintió el perfume de su hija a penas esta comenzó a subir las escaleras. Francisca abrió lentamente la puerta, se acerco a la cama y besó a su padre y madre quienes medio dormidos se despidieron deseándole, como siempre, un buen día. Feliz bajó las escaleras, pero apenas abrió la puerta de su casa el frío la entumió, la falda que llevaba no ayudaba mucho.

-Estos malditos uniformes, los hombres podían andar muy felices con pantalones mientras ellas estaban condenadas a inviernos fríos-, pensaba mientras caminaba al paradero.

De pronto la temperatura bajó aún más y los pasos de Francisca retumbaron. Las sombras crecieron y los árboles se alzaron bajo la oscuridad de la penetrante noche neblineada. Todo se hizo denso, incluso el aire, lo que dificultó la respiración de la joven que caminaba solitaria por el paréntesis de la ciudad. Pero el destino quiso que no estuviera tan sola. Como un perro con ganas de olfatear un pan caído desde la mesa de su amo, un hombre se apareció entre la neblina y se acercó a Francisca quien no se dio cuenta sino hasta que este tuvo un filoso cuchillo atravesando su cuerpo por un costado. El puñal estaba más helado que la noche, sin embargo no tuvo tiempo ni para darse cuenta de eso, pues aquel puñal le arrebató la vida en un segundo, muy poco tardó ese hombre en acabar con una vida y en arruinar otras cuantas. Con mucha delicadeza el asesino sacó el puñal y como si ya hubiese comido del pan, se retiró, caminando en la misma dirección que llevaba su víctima dejando el cuerpo tirado en la acera, formando una horrible cuadro pocas veces visto en la ciudad.

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